No hace tanto tiempo España presumía ante Europa y el mundo de Renfe. De tener unos trenes de alta velocidad absolutamente modélicos. Que salían de las estaciones a la hora convenida y llegaban al lugar de destino en punto. En ocasiones anticipándose al horario fijado. En el caso excepcional de algún retraso se podía reclamar una parte del importe. Viajar resultaba un auténtico placer porque los desplazamientos estaban programados con exactitud extrema, porque los trenes entraban y salían con la precisión de un reloj suizo y porque siempre llegabas con anticipación a la cita convenida de antemano. Vivimos la época de la modernidad y del paraíso ferroviario.
En pocos años ésta estampa idílica, de la que tanto y con tantas razones presumíamos, se nos ha venido abajo. Desde el provocador mensaje ministerial de «estamos mejorando» no hemos hecho otra cosa que empeorar de manera imparable. Ningún tren arriba a su hora, no se circula a la velocidad fijada y en determinados tramos de vía se transita a ritmo muy lento, como de baile apretado. Los servicios ferroviarios en general están muy lejos de lo que fueron, se han ido degradando de manera progresiva hasta extremos insospechados y ni el ministerio, ni Renfe, ni nadie asume responsabilidad alguna ante tamaño descalabro.
Todo es susceptible de empeorar. Es lo que piensan muchos viajeros cuando desembarcan en una terminal con media hora o veinte minutos de retraso. Es un margen para autofelicitarse. El dramón se origina cuando la impuntualidad rebasa la hora, o el tren se detiene sin dar la mínima explicación y los pasajeros se desesperan. Por supuesto que hay que olvidarse de reclamación alguna y pechar con los perjuicios ocasionados por no acudir a la reunión convenida o al trabajo pendiente de realización.
Frente a un maremagnun ferroviario, frente a un estado de caos que se repite un día sí y otro también el ministro del ramo no se da respiro en insultar con epítetos de trazo muy grosero a la oposición, a la prensa no adicta, a los que osan criticar su gestión. Tanto es así que no le queda ni un ratito de tiempo para poner orden en tamaño desorden ferroviario. No obstante, y en el colmo de la cara dura y el cinismo, sigue los pasos de su jefe y afirma que Renfe «va como un tiro». De efecto muy retardado será.






