Todo el mundo, o casi para no exagerar, escribe libros. Me asomo a la ventana de televisión y me voy enterando de que muchísima gente relacionada con el medio se dedica, de pronto, a la literatura. Presentadoras y presentadores de programas, antiguas figuras que vuelven más talluditos y veteranas, gentes del tiempo informa de ambos sexos, cantantes y cocineros, modelos y actores, políticos en ejercicio y jubilados que se aburren, entre otros muchos, comparecen en la pequeña pantalla para anunciar que han escrito un libro. Es la fiebre del libro que no cesa. Anuncian a bombo y platillo trillers, tratados gastronómicos con recetas incluidas, relatos de amor, novelas históricas o épicas, autobiografías aderezadas de sal y pimienta para suscitar la curiosidad del lector, páginas en las que anida el misterio o el terror, vaya ganas de morirse de miedo, y tampoco faltan las obras de contenido cómico o de humor para provocar la sonrisa o animar a la carcajada. Hay géneros para todos los gustos y públicos porque, como digo, autores surgen cada día como setas.
Esta fiebre literaria ha surgido con fuerza inaudita de un tiempo a ésta parte. Desconocíamos que en España hubiera tanto genio, tanto cultivador de las letras, tanto creador de mundos y ficciones que nos tienen asombrados por su capacidad para fabular y dejarnos con la boca abierta. Para ser sinceros debo decir que jamás me habría creído que algunos de los personajes que salen por la tele declarándose autores de éste o aquél libro fueran capaces de haberlo escrito. Confieso que su imagen, sus reflexiones, sus pensamientos expresados en voz alta no me daban pie para pensar que allí existía una mente muy bien equipada para acreditarse en la magia de la escritura, en la confección de sueños que adquirían vida y temperatura humana mediante la elaboración de un relato bien estructurado. Al parecer estaba equivocado y lo lamento faltaría más.
También cabe otra interpretación del fenómeno literario que estamos atravesando. Que los negros estén trabajando a destajo. En literatura adquiere la condición de negro el que escribe anónimamente para lucimiento y provecho de otros que, en realidad, no saben juntar cuatro letras. Es otra plausible explicación al estallido de la fiebre librera que amenaza con aplastarnos con tanta plasta editorial.
A todo esto va mi mujer y me suelta: «Todo el mundo publica libros menos tú que llevas más de sesenta años escribiendo.» La respuesta: «A mi edad tendré que buscarme un negrito fabulador y zumbón.» No queda otro recurso.






