Los kioscos, los locales a los que se acudía puntualmente para comprar la prensa, revistas, chucherías y un sinfín de productos están desapareciendo del paisaje urbano. Cada vez van quedando menos y los pocos que subsisten las pasan canutas para sobrevivir porque el mercado de compradores se está reduciendo a la mínima expresión. La digitalización de los medios informativos ha herido de muerte a la prensa escrita que no levanta cabeza hasta el extremo de tener a los principales rotativos en la UCI económica y la mayoría sin posibilidad de salvación.
He sido cliente asiduo de varios Kioscos con cuyos propietarios establecí relación e incluso lazos de amistad. Kioscos ubicados en el barrio donde viví muchos años o en la urbanización en la que también llevo largo tiempo residiendo. Aparte de comprar tres periódicos diarios, de ideología diferente por aquéllos de contrastar el tratamiento de las noticias, solía adquirir revistas de carácter político cuando se editaban y más de un libro que llegaba a éstos locales precedido de un gran despliegue publicitario que propiciaba su venta.
Los kioscos que cito ya no existen. Tras etapas de penuria se vieron abocados al cierre. En su última época la estampa que ofrecían daba mucha pena. De los principales diarios les llegaban cada jornada tres o cuatro ejemplares como mucho y en no pocas ocasiones aún sobraban. En cuanto a las publicaciones del corazón apenas Hola levantaba un poco la cabeza pero siendo una sombra del ayer.
Al hilo de éste ejercicio evocador tengo que retrotraerme a los domingos de hace veinte años en los que entrar en un kiosco era encontrarte con pilas inmensas de diarios, nacionales y de la región, que se vendían como churros y que en ocasiones determinadas había que reservar so pena de quedarte sin él. La gente se agolpaba en el interior del kiosco donde reinaba un ambiente extraordinario.
Nada de esto sucede en los pocos kioscos que intentan plantar cara a un más que incierto futuro. Un porcentaje irrisorio de diarios, con paginación cada vez más escasa, languidecen tristemente en unos anaqueles semivacíos que son testimonio infeliz de un tiempo muerto. Tiempo en el que la prensa escrita se desangra víctima propicia del tiburón digital. El kiosco es ya memoria, testimonio de una época que nos dijo adiós y que por tanto nunca volverá. Paisaje desolador en el panorama de nuestras vidas.






