Ramón Cubián, responsable del Juego de la Comunidad de Madrid, declaró recientemente que el sector, a través del impuesto especial que se aplica a sus empresas, ha pasado en los dos últimos años de recaudar 142 millones a elevar la cifra a 150 millones de euros. Lo que significa, según subrayó, que a las empresas les va bien y a la Administración también.
Recurrió Cubián a las comparaciones y dijo que cada ingreso de urgencia en la sanidad de Madrid le cuesta al gobierno de la Comunidad por término medio alrededor de 200 euros. Y añadió que la contribución fiscal del juego supone aproximadamente el 20 por ciento de dichas atenciones. Partiendo de éste dato concluyó afirmando que los 150 millones recaudados en el último ejercicio equivaldrían a la financiación de más de 700.000 asistencias médicas de urgencias. Un apoyo del sector con sus aportaciones económicas realmente esencial para atender un servicio de la importancia del sanitario.
El dato, el ejemplo, lo hemos conocido por la valentía de Cubián para llamar a las cosas por su nombre. Por su no morderse la lengua y dar al juego un tratamiento absolutamente normalizado, con sus pros y sus contras como tienen todos los sectores, y por subrayar los aspectos positivos de la actividad que otros hurtan de manera sistemática refiriéndose exclusivamente al lado negativo que extreman deliberadamente y sin argumentos de peso.
Si ustedes ganan, en alusión a los empresarios, nosotros igualmente mejoramos y estamos en disposición de incrementar la eficacia de nuestros servicios públicos. Es la reflexión en voz alta que hizo Cubián y que muy pocos directores generales de la actividad se atreven a decir ante el riesgo de ser criticados por los de siempre. Por aquéllos que no ocultan su animadversión al juego producto de su ideología y de los que, no figurando en ésa esfera política, prefieren no manifestarse por un complejo frente a la izquierda del que no logran desprenderse.
De éstas últimas posturas para nada es partidario un Ramón Cubián que no se arruga en cuanto al juego y su tratamiento dando sobradas muestras de liberalidad y sentido objetivo. Lástima que tenga pocos imitadores o imitadoras, que de todo hay.






