Llevo a Buenos Aires cosida con hilo permanente en la memoria y ocupando un lugar preferente en el anfiteatro de las emociones. No es para menos. Estuve en la ciudad del Río de la Plata en cuatro o cinco ocasiones y desde mis primeros pasos en ella me sentí cautivado ante la imagen de una urbe imponente, de proporciones colosales, que te atrapa desde el inicio de la visita. Fue llegar y recorrer la avenida 9 de Julio, estampa impactante de un colosalismo urbano donde todo cabe a ambos lados de sus larguísimas orillas por las que transitan los viandantes. Cafés con sabor europeo, parejas bailando tango en el atardecer, aromas de mate en la vuelta de cualquier esquina y un hálito de elegancia en edificios que son testimonio de la historia bonaerense.
Me cupo el privilegio de asistir al desarrollo de Puerto Madero. Un barrio salpicado por la brisa del río que estaba creciendo de manera espectacular hasta dibujar una estampa llena de audacia arquitectónica de edificios que elevaban sus alturas hasta el cielo y de residencias de mucho precio. Completando la panorámica se sucedían los asadores de alto copete, muy bien montados, desprendiendo olores de chorizo criollo y bife de vacuno donde los camareros, como dieras pie, te daban gratuitamente una lección de historia.
Recuerdo que en una de mis estancias me hospedé en el Hotel Hilton, de Puerto Madero, que estaba recién inaugurado. Observé un día un trajín inusitado en el establecimiento. Los empleados iban de un lado para otro preparándolo todo para lo que daba la sensación de ser un acontecimiento de grandísima brillantez social. Pregunté a que se debía tanta animación y obtuve la respuesta: Se había convocado una rueda de prensa con Diego Armando Maradona. El Pelusa seguía siendo el dios laico de los argentinos no cabía duda.
Desde el Hotel Hilton llegaba andando por uno de sus puentes hasta la Casa Rosada y a partir de ahí me zambullía en el Buenos Aires de la calle Corrientes tres cuatro ocho y su batería de teatros, por la Recoleta y sus casas señoriales. En el cementerio de la Recoleta estuve toda una mañana, desfilando por sus panteones y un conjunto de esculturas de enorme belleza artística.
Buenos Aires, prodigio de cultura y elegancia, muestra de hasta dónde llega la miseria humana también, y ciudad que te atrapa con la voz de Carlos Gardel al fondo recitando aquello de «mi Buenos Aires querido cuando te volveré a ver». Mi adiós definitivo se produjo mucho tiempo atrás. Y de verdad que lo siento.






