El bar familiar, el del barrio, el de toda la vida sigue siendo el epicentro social de muchas gentes que lo frecuentan de antiguo y han hecho de su existencia una parte sustancial de su acontecer cotidiano. Es el bar del vermú y el comentario del partido del domingo o del viernes. El del almuerzo a media mañana, con el pan bien surtido de viandas caseras trabajadas con mimo artesano. El del carajillo que pone el epilogo a la breve expansión para recobrar fuerzas y donde el euro sobrante de la cuenta se destina, en ocasiones, al entretenimiento que proporciona la máquina facilitando al propio tiempo un soplo de emoción al apostante.
Es una estampa que se repite cotidianamente en miles y miles de bares de España. La mayoría de ellos establecimientos de condición modesta, regentados por miembros de una familia que heredan la tradición del negocio, y que se afanan a diario por superarse en la oferta y en la prestación de sus servicios a una parroquia fiel que ha hecho del local un segundo hogar donde se hacen amigos, se establecen relaciones duraderas y dejan espacio para olvidar, aunque sea por unos instantes, los problemas que nunca faltan.
El bar es debate y confraternización, púlpito de la caña de cerveza y la tapa de boquerón o bravas. Confesionario en la que muchos cuentan sus pecados y logran la autoabsolución con el gin tonic que reconforta y eleva la moral.
El bar es centro de confidencias, de ilusiones, de amarguras que tratan de apagarse con uno o varios vasos de vino sobre los que no conviene nunca pasarse. El bar es expansión, corte de ataduras o envaramientos, espacio abierto a la alegría y las ganas de vivir, pequeño templo gastronómico donde el menú del día, elaborado a conciencia, hay veces que sabe a gloria.
Y el bar es la maquinita que lleva allí casi medio siglo. Que se ha ido renovando y avanzando. Que forma parte indisoluble de la decoración del establecimiento. Que pone música en el ambiente y facilita el entretenimiento de un instante. Que si desaparece deja un hueco muy difícil de llenar que se echa en falta. La máquina es canción y melodía, juego divertido y golpe de mano que abre la sonrisa cuando las monedas de la suerte caen en cascada y nos ofrecen el premio que es regalo recibido con soplo de alegría e invitación a los amigos.
Lástima que ése bar, de la calle y de toda la vida, vaya decreciendo en número del paisaje urbano de muchas ciudades españolas. Otros modelos tratan de sustituirlo. Pero el bar será siempre imprescindible como modelo de vida, de liberalización y de latido social. Con la maquinita al fondo para poner color a la foto.






