La historia del bingo, sus principales protagonistas y las salas emblemáticas me la conozco bastante bien. Hubo un tiempo que fui notario exclusivo de sus avatares, del pálpito de sus asociaciones y de las salsas que se guisaban alrededor del sector algunas de ellas muy sabrosas.
Si el bingo nacional me era muy conocido por mis contactos e interlocución con sus empresarios y directivos con mayor razón estaba muy al tanto de lo que acontecía en Valencia. Y al hilo de la evocación me surgen los recuerdos de dos salas emblemáticas en un tiempo, que estuvieron en lo más alto, y que tras años de opulencia tuvieron un triste final.
Hablo de las salas GRAN VIA y SAMOA. En la primera la gerencia estaba a cargo de uno de sus principales propietarios, José Manuel de luz, con el que establecía una grandísima amistad compartiendo con Lolo los momentos más duros de su vida. GRAN VIA destacaba por la elegancia de sus instalaciones que solían cuidarse con extraordinario mimo. Cada equis tiempo se procedía a la renovación de la moqueta y se llevaba a cabo diversos retoques en el local que presentaba una imagen muy brillante lo que era muy valorado por una clientela de condición social medio-alta que llenaba sus mesas.
Si por algo se distinguía el SAMOA era por su inmenso parking que permitía acceder a la sala con absoluta discreción. Ramón Romero, su propietario, que andaba metido en negocios de la construcción y llegó a ser el primer accionista del Valencia CF, elevó y mucho el techo del SAMOA hasta alcanzar una posición de liderazgo. Junto a él estuvo en sus últimas etapas su hermano, Rafael, que fue el segundo presidente de EJUVA, y el abogado Juan Ignacio Martínez Sendra al que conocí siendo un chaval.
Tanto el GRAN VIA como el SAMOA pasaron de estar en lo más alto a languidecer de manera inexorable. El primero se vendió por dos veces. Al Grupo CIRSA y a uno inglés cuyo nombre se me escapa. En ambas fases la sala se despegó del sello inicial y nunca recobró el vigor anterior. El SAMOA cerró temporalmente para unas obras de reforma que se prolongaron mucho más de lo debido y al retornar le habían comido la tostada como se dice normalmente. Y no pudo recuperarse.
Triste epilogo de dos bingos emblemáticos que en su día sentaron precedentes muy positivos, que se erigieron en modelos de la actividad y que finalizaron bajando persiana y siendo pasto del olvido.






