Cada vez se anuncian más inspecciones por parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado a los establecimientos de juego. Este hecho suele producirse en la mayoría de territorios autonómicos donde se incrementa notablemente la presencia de la policía en dichos locales para comprobar que se cumplen rigurosamente las normativas establecidas y no se detecta la presencia de menores. Todo ello en defensa de los colectivos más vulnerables sobre el que reinciden reiteradamente las administraciones.
Posteriormente los Cuerpos de Seguridad dan cumplida información sobre el balance de sus actuaciones. Que en más del 90% de los casos registran incidencias mínimas que en la mayoría de ocasiones no revisten una gravedad extrema. Y lo más llamativo del asunto es que no queda constancia alguna, y en ése sentido la valoración es generalizada, de que hayan jóvenes sin edad para estarlo en las salas de juego. Y si se localizan son en número irrisorio y en modo alguno digno de suscitar cualquier alarma por débil que sea.
Una situación semejante no tiene su traslado divulgativo en los medios informativos generalistas. Que no prestan la mínima atención a unos datos dignos de ser muy tenidos en cuenta sobre todo para aventar las reiteradas demonizaciones que pesan sobre el sector. Esta realidad se obvia deliberadamente. Aquí, en lo tocante al juego, ojo privado, lo que manda es el escándalo, la descalificación, la ruina de las familias trabajadoras, la perdición de los desfavorecidos y toda la retahíla de anatemas propias de un sector político y social que se la tiene jurada al juego.
Inspecciones las que hagan falta y más. Y en éste supuesto el sector está de acuerdo y decidido a colaborar al máximo. Pero información fidedigna desprovista de manipulaciones y prejuicios también. Basta ya de insistir en los rancios clichés que no albergan otra intención que no sea desacreditar al juego con infundios e historias truculentas. Y, en medio del asunto, LOTERIAS y ONCE las criaturas purísimas de una leyenda asquerosa. Es un tema que huele, y no precisamente a rosas.






