El otro día una amiga a la que aprecio y conozco bien me decía: «Oye éstos de la ONCE no paran de sacar nuevos productos, ahora con un Rasca más potente, y de bombardearnos con su publicidad a todas horas. ¿ Esta reiteración de mensajes y de invitar ha invertir en sus cupones no es una forma de fomentar la adicción al juego ?»
La pregunta se responde por sí sola. Lo de la Organización de Ciegos se ha convertido en un escándalo mayúsculo. No cesan en su política de multiplicar la oferta y en ésa línea de crecimiento constante se intensifican las campañas publicitarias que, sobre todo en televisión, adquieren una difusión extraordinaria a base de soltar cantidades de euros astronómicas.
La ONCE se parapeta tras su imagen de entidad que da empleo y salario a los discapacitados visuales y de otra índole. A su condición corporativa que contribuye con sus aportaciones económicas al sostenimiento de obras sociales destinadas a mejorar la calidad de vida de sus afiliados. En éste sentido nada que objetar. Pero ésta circunstancia no creo en modo alguno que deba otorgarle patente de corso para manifestar una voracidad insaciable en la multiplicación de sus productos. En la invasión de todos los ámbitos posibles para comercializarlos sin ningún tipo de control. En la implantación de una política de ventas que funciona a su aire y que rebasa con descaro todas las barreras.
La ONCE se ha convertido en una máquina de juego atropelladora. Que no ceja en su pretensión de arañar las mayores cuotas de mercado. Que alienta bajo cuerda la demonización del juego privado. Y que no muestra el menor síntoma de comedimiento llegado el momento de publicitar sus sueldazos millonarios, sus sorteos de papá, sus premios suculentos y sus pretextos para seguir sacándole los cuartos a la parroquia, entre las que se incluyen a chavales que caen en su tela de araña publicitaria.
El juego privado es objeto de ataques incesantes y descalificaciones de grueso calibre. Y, en el otro lado del espejo, nada que objetar ni censurar a una ONCE insaciable, prepotente y avasalladora que campa a sus anchas, comerciales y publicitarias, sin que nadie ose toserle ni, por supuesto, criticarla. Lo dicho: un escándalo mayúsculo.






