Viví la primera etapa de la legalización del juego en España. En la que no pocos empresarios las pasaban canutas por las lagunas de determinadas normativas y las actuaciones contundentes de los dispositivos policiales de la Administración del Estado. Cases Mendez, que estaba al frente del asunto en el ministerio de Interior, era un tipo dialogante con el que se podía hablar y llegar a términos de entendimiento. Su sucesor, Santiago Mendióroz, era persona hosca, de talante agrio y nada amiga de las prácticas de azar como dejó patente con sus actuaciones. Nada más desembarcar en el puesto me concedió una entrevista y dejó entrever sus actitudes hostiles hacia el sector.
En su momento critique a Mendióroz por su escasa predisposición hacia el juego en general. Al poco tiempo coincidimos en la Feria de Madrid y me pidió que tuviéramos una breve conversación cara a cara. Lo hicimos y no hizo otra cosa que amenazarme abiertamente si persistía en lo que calificaba de «ataques personales a su figura y gestión.» No lo tuve en cuenta y seguí mi camino profesional. En sucesivos encuentros el mandatario me distinguió con sus miradas de odio y su no disimulado desdén.
En la época que evoco semejantes comportamientos de los servidores públicos respecto al juego no fueron patrimonio exclusivo de Mendióroz. En la Comunidad Valenciana hubieron dos personajes, máximos responsables de la actividad , que no se cortaron un pelo para echarme en cara que no admitían el tono de mis artículos y que de seguir por ésa senda adoptarían medidas contra mi y, además, se mostrarían duros en materia reglamentaria. Al parecer me confundieron con la voz de su amo. Uno de ellos me recibió con tal arrogancia y tono intimidatorio que le dije «si sigues así, tan destemplado, cojo y me marcho.”
Con el paso de los años y los relevos generacionales las circunstancias han cambiado en el marco de las relaciones entre empresarios y administraciones y los miembros de éstos con la prensa.
Todavía a día de hoy, sin embargo, subsisten tics autoritarios o muestras de aquí mando yo en quienes ostentan la representación pública de la actividad. Funcionarios o cargos políticos que te siguen mirando un poco por encima del hombro y que no son impermeables a las censuras cuando éstas son justas y necesarias. Gentes que, en definitiva, no han caído en la cuenta de que no son otra cosa que servidores públicos que cobran el sueldo, en ocasiones suculento, porque se lo pagamos todos los españolitos de a pie. Por ello no estaría de más que se bajaran de la peana, tomaran una tila de humildad, y se mostraran más accesibles y menos prepotentes. Lo pedimos por favor. Somos muy educados.






