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DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Campanar, más allá del incendio

6 de mayo de 2026

La redacción y oficinas de SECTOR DEL JUEGO esta domiciliada en el barrio de Campanar de Valencia. Un barrió que adquirió trágica notoriedad a escala nacional tras el devastador incendio de un grandísimo edificio que fue en horas pasto de las llamas y se cobró varias víctimas mortales. Un suceso cuya intensidad dramática conmovió a Valencia entera y sumió a la barriada en un estado de colapso emocional del que ha tardado mucho en reponerse si es que, en no pocos casos, le ha sido imposible hacerlo por las secuelas del drama vivido.

Llevo residiendo en Campanar, familiar o profesionalmente hablando, por espacio de medio siglo. Cuando llegué al barrio, imagen de pueblo pegado a la huerta que conservaba sus anegadas de naranjos en flor, el paisaje urbano que contemplo alrededor de nuestra sede social no existía. La postal que perdura en la retina era muy otra. El verde se erigía en tonalidad predominante dibujando una sucesión de huertos de cuyo cuidado se encargaban los labradores que habían heredado de los suyos su amor por la tierra. Los animales de labranza desarrollaban su función y el aire desprendía aromas a alquería, de casonas amplias de una sola planta con cuadra de animales incluida en la que se depositaban las frutas y verduras recogidas de los bancales. Poseía aquél Campanar, con su iglesia reinando en la plaza principal, una estampa plácida y recogida que nada tenía que ver con el tumulto urbano tan próximo y tan distante a la vez.

Recuerdo que solía frecuentar con mi familia y amigos el Cafetin de Galera, un bar ubicado en un antiguo caserón, que conservaba su corral reconvertido en terraza donde en las noches de verano la estancia era una delicia. Junto a la degustación de una fría cerveza de grifo podías completar la sesión con una sepia rebozada, insuperable, unas morcillas en aceite o un pan con embutidos y habas. Una cocina pegada a las recetas de la abuela que se seguía con fidelidad extrema.

Y luego estaba el horno de Manuela, que data de mil ochocientos no se cuantos, y el perderte por cuatro o cinco callecitas, las que todavía subsisten del antiguo pueblo, que han mantenido intactas sus raíces.

Campanar, más allá de la maldición de las llamas, es un pequeño reducto que conserva intactas, bendito sea Dios, las señas de identidad de un pueblo que no se resigna a ser devorado por la apisonadora urbanística. Pueblo de vocación perdurable donde prima el amor a la tierra, el apego a lo tradicional, el tributo afectivo al pasado. Pueblo vivo orgulloso de su historia.