Confieso que la vida en mi casa está haciéndose insoportable. Tengo por vecinos a una familia numerosa. La integran los padres, ya maduritos, y seis hijos crecidos que no se emancipan por falta de recursos económicos. Los vástagos se reparten el sexo: tres son hombres y tres mujeres. El problema es que la parentela está muy politizada no en sentido único sino disperso. Por lo que escuchamos cultivan ideologías muy dispares: centro derecha, socialismo y ultras de ambos extremos. Cuando se reúnen delante de la mesa, con el telediario puesto a todo volumen, el ambiente vocinglero se convierte en puro estrépito. Unos que si la causa contra Begoña, la mujer del presi; otros que si las tropelías de Bárcenas, con Rajoy leyendo Marca y sin enterarse de nada; los más jóvenes que si Sánchez es el líder indiscutible frente a los desmanes del locatis de Donald y la respuesta de los medianos afirmando que el presi de aquí es un jeta que sólo busca quedarse pegado a la poltrona de Moncloa. Y entre frases subidas de tono, la televisión pública haciendo propaganda de la causa progresista y poniendo a parir a la oposición y los vecinos cada vez más enardecidos vocalmente la verdad es que aquí no hay quién viva.
Lejos de calmarse los ánimos de los de al lado la temperatura política de la familia es de fiebre alta. De ello se encargan las cadenas de televisión, que reman para uno u otro lado en función de la pasta gubernamental u opositora que reciben a base de donaciones dadas por bajo mano y más allá de los anuncios ministeriales que son numerosos y suben un pico alto. Y luego están los tertulianos, con camiseta roja o azul según del pesebre al que pasan factura, que no cesan en sus arengas incendiarias destinadas a excitar al ciudadano y provocar los consiguientes enfrentamientos.
Mis vecinos, los que me dan la lata y me desquician con sus discusiones furibundas de andar por casa, en las que en ocasiones surgen los insultos o el clásico vete a la mierda, una vez se olvidan temporalmente del encono político y sus posturas abiertamente enfrentadas pisan el suelo de una aparente calma y retornan, por un tiempo breve, a la estampa de la civilización, de la voz queda, del ejercicio de la educación más o menos normalizada.
Ahora caigo en la cuenta, mira que soy tardo de reflejos, que la situación de los que comparto tabiques, simbolizan la realidad de la España de hoy. Polarización total en lo político y hasta en lo familiar y los que la azuzan, intérpretes de tercera fila, echando leña al fuego con espíritu deportivo. ! Pobre país de mis amores y desdichas!.






