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DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Rejuvenecimiento del bingo

25 de mayo de 2017

Dicen los que saben del tema que el público del bingo rejuvenece. Que la parroquia se está transformando y entre la gente que acude a las salas abundan los jóvenes. Que no son los visitantes más asiduos, eso queda para la vieja guardia, por aquello de las disponibilidades económicas pero que su presencia se deja sentir y crea ambiente de cambio y alegría de vivir.

El milagro operado, según los cátedros, se debe a los sistemas electrónicos, las ruletas y las apuestas que han dado alas de modernidad a las salas y les ha quitado caspa y monotonía. Los maduritos y maduritas – ahora se impone la matización de los sexos – que tomaban el cortado de las seis de la tarde tachando cartones estaban pidiendo a gritos un recambio generacional que al parecer se está produciendo. Pero con otros aires y otras demandas en materia de entretenimiento y diversión.

El bingo está asistiendo a un nuevo desembarco de gente y conviene estar atentos a sus preferencias. Tratando de darles respuesta en la medida en que se pueda y lo permitan las normas reglamentarias. Que están pidiendo a voz en grito la implantación de medidas liberalizadoras, que ayudan al diseño de verdaderos centros de ocio, con atmósferas refrescantes y alternativas diversas para pasarlo bien, con buena hostelería incluída.

En paralelo a la modificación sustancial del público del bingo tendrá que ir la imagen de las salas. Las hay que invierten, y mucho, en sus escenografía e instalaciones, mejorándolas, pasándoles el barniz de la modernidad, creando ambientes atractivos que por sí solos y al margen del juego son capaces de captar la curiosidad del cliente. Que luego repite visita.

Pero conviene no perder el sentido de la autocrítica. Quedan salas que no han podido o querido ponerse al día. Que han desdeñado la necesidad de actualizarse, de lavar la cara, de maquillarse con toques juveniles que ponen en la fisonomía de la sala un rostro seductor. Que atrae y atrapa e invita a jugar y gozar, Como ésas salas, que las hay y en número crecido, no cojan el tren del cambio tendrán que quedarse en el andén de la tristeza. Habrán perdido el viaje y cerrado el negocio. Eso seguro.

 
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