Autor

DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Raúl del Pozo estuvo allí

12 de marzo de 2026

Era el último mohicano de una tribu de periodistas que hoy son leyenda, papel amarillo, redacciones nubladas por el humo de los cigarrillos, máquinas tecleadas frenéticamente en los atardeceres y el redactor jefe en su garita pidiendo este texto y el otro para componer con urgencia. Raúl del Pozo ha sido un periodista en la más plena acepción de la palabra. Rastreador de noticias, buscador de exclusivas, con la mirada larga y el oído alerta para apropiarse del relato que llevar a la portada. En ése cometido estuvo hasta sus penúltimas horas profesionales a pie de obra, con la vocación intacta y el afán de un principiante que no renuncia nunca a su condición de juntaletras dicho con el mayor de los respetos.

Raúl del Pozo, cronista de la vida, de la política, de los palacios y las tabernas, amante de las mujeres y las timbas, de los casinos y las tertulias fue un articulista singular e irrepetible. Armonizaba con mano maestra la información con la opinión y de ésta conjunción salían pequeñas piezas de orfebrería literaria en las que tenían cabida su espíritu erudito, sus frases evocadoras surgidas de una memoria bien amueblada, y su lenguaje cheli, su gracia castiza surgida de la entraña popular. Le cupo el honor, grandísimo honor, de ser el heredero de Paco Umbral, auténtico mago de las negritas, y seguir su senda en la última de El Mundo donde daba a sus relatos gracejo, sentido crítico y aire de actualidad, de la que nunca se apeaba.

Nunca escondió su condición de jugador. Le gustaban las partidas de póker, el paisaje del casino, el misterio y pálpito de la timba escondida. Y en estos parajes solía sumergirse a menudo para apostar fuerte y experimentar la sacudida de emoción que te provocan los envites del azar.

Esta pasión por el juego y su universo le hizo participar como conferenciante en una de las ediciones de COFAR, el congreso que en sus años dorados reunía a todo el sector para escuchar los incendiarios epílogos protagonizados por Manolo Lao. Allí hizo referencias a sus vivencias con las prácticas de azar, las que podían contarse claro, y se explayó con anécdotas y citas ingeniosas. Si, Raúl estuvo con el sector.

Melena de plata, rostro de señorito con alma gitana, golfo ilustre de la palabra y del café literario se nos ha ido Raúl del Pozo, testimonio de una estirpe de periodistas devorados por las nuevas tecnologías y las frías redacciones que nunca serán lo que fueron. Raúl, el último mohicano.