Era el último mohicano de una tribu de periodistas que hoy son leyenda, papel amarillo, redacciones nubladas por el humo de los cigarrillos, máquinas tecleadas frenéticamente en los atardeceres y el redactor jefe en su garita pidiendo este texto y el otro para componer con urgencia. Raúl del Pozo ha sido un periodista en la más plena acepción de la palabra. Rastreador de noticias, buscador de exclusivas, con la mirada larga y el oído alerta para apropiarse del relato que llevar a la portada. En ése cometido estuvo hasta sus penúltimas horas profesionales a pie de obra, con la vocación intacta y el afán de un principiante que no renuncia nunca a su condición de juntaletras dicho con el mayor de los respetos.
Raúl del Pozo, cronista de la vida, de la política, de los palacios y las tabernas, amante de las mujeres y las timbas, de los casinos y las tertulias fue un articulista singular e irrepetible. Armonizaba con mano maestra la información con la opinión y de ésta conjunción salían pequeñas piezas de orfebrería literaria en las que tenían cabida su espíritu erudito, sus frases evocadoras surgidas de una memoria bien amueblada, y su lenguaje cheli, su gracia castiza surgida de la entraña popular. Le cupo el honor, grandísimo honor, de ser el heredero de Paco Umbral, auténtico mago de las negritas, y seguir su senda en la última de El Mundo donde daba a sus relatos gracejo, sentido crítico y aire de actualidad, de la que nunca se apeaba.
Nunca escondió su condición de jugador. Le gustaban las partidas de póker, el paisaje del casino, el misterio y pálpito de la timba escondida. Y en estos parajes solía sumergirse a menudo para apostar fuerte y experimentar la sacudida de emoción que te provocan los envites del azar.
Esta pasión por el juego y su universo le hizo participar como conferenciante en una de las ediciones de COFAR, el congreso que en sus años dorados reunía a todo el sector para escuchar los incendiarios epílogos protagonizados por Manolo Lao. Allí hizo referencias a sus vivencias con las prácticas de azar, las que podían contarse claro, y se explayó con anécdotas y citas ingeniosas. Si, Raúl estuvo con el sector.
Melena de plata, rostro de señorito con alma gitana, golfo ilustre de la palabra y del café literario se nos ha ido Raúl del Pozo, testimonio de una estirpe de periodistas devorados por las nuevas tecnologías y las frías redacciones que nunca serán lo que fueron. Raúl, el último mohicano.






