Autor

DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Pobreza del lenguaje político

28 de mayo de 2024

Escandaliza comprobar hasta que grado se está degradando el lenguaje de nuestros políticos. No hay un manejo brillante del idioma. No existe riqueza de ideas en las exposiciones verbales de sus señorías. No se pronuncian discursos en los que los argumentos se acompañan de un verbo fluido que sabe dar a las palabras su sentido preciso y la armonía capaz de revestirlas de la solemnidad requerida. Se hecha en falta la oratoria propia de aquéllos que merecen, por sus atributos personales, su formación y su cultura, la catalogación de padres de la patria. O madres para ponernos en línea con el lenguaje inclusivo. Gentes con una dialéctica fluida y convincente fruto de un pensamiento elevado que convence, educa y te invita a la reflexión. Todos los atributos enumerados están ausentes en las intervenciones de la inmensa mayoría de los políticos de hoy que por si algo se distinguen es por su incapacidad manifiesta para engarzar un racimo de frases, no demasiado extenso, con una lingüística matizada y aleccionadora.

En la España de ahora se ha pasado del debate sereno y razonado, del contraste de pareceres y la aportación de propuestas a la diatriba grosera y descalificadora, al recurso fácil del insulto y hasta el empleo del chascarrillo como recurso para ridiculizar al oponente. En las declaraciones públicas de los que nos representan, en mí caso muy a mi pesar, se utiliza el slogan publicitario elaborado por los fabricantes de consignas y las explicaciones que se ofrecen si por algo sobresalen es por su escasa entidad intelectual, por su ausencia de sedimento en cuanto a valor conceptual y dominio del idioma.

A tan tristes convicciones nos lleva la emergencia de una clase política, sin duda la de más baja calificación de la democracia, poseedora en un elevado porcentaje de unos curriculums profesionales raquíticos en los que la mediocridad es la nota imperante. Que han encontrado en la representación pública la oportunidad de cobrar salarios que nunca soñaron para trabajar lo justo y figurar lo más. Es la fotografía del país de nuestros días. Triste, muy triste, pero real.

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