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DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Los ludópatas a sueldo y los silencios que les ayudan

18 de mayo de 2016

Estoy delante de la televisión para embrutecerme un poco. Emiten un espacio presuntamente informativo. Uno de los reportajes habla de la ludopatía y enciende todas las alarmas sobre los peligros de adicción, particularmente para los jóvenes. Como fondo de pantalla aparece la foto fija de un salón de juegos. Ponen el foco del enganche pernicioso en las apuestas. Y a continuación sale en la pantalla el presidente de una asociación de ludópatas, con pinta de mangui, que advierte de los males y desdichas derivadas del juego, que asolan vidas y familias. No se invita, para conocer la versión del otro lado, a ningún representante del sector del juego. Ni se hace mención alguna al porcentaje de ludópatas registrados ni a lo que representan en el mercado del juego. La objetividad del reportaje es incuestionable.

No había acabado de digerir la ración televisiva cuando me topo con un reportaje en prensa de tres páginas. Aborda el tema de la ludopatía con tintes apocalípticos. Las desgracias que provoca el juego son tremendas y sumen en la ruina y desesperación a muchas familias. Lanzan llamadas de sobreaviso a los más jóvenes por estar expuestos a una tentación realmente perversa que les llevará al desastre profesional y personal. De nuevo afloran las declaraciones apocalípticas de los combatientes de la ludopatía y ni, por alusiones, se da cabida a los miembros de las asociaciones u operadoras del sector, que quedan marginados. Ejemplo evidente de ecuanimidad periodística. 

Vayamos por partes para analizar los dos ejemplos expuestos. Las asociaciones de ludópatas viven del cuento de las subvenciones. Y cabalgan muy a gusto en el machito de escándalo, de la plaga bíblica que es el juego y del infierno que simboliza. Funcionan ultradimensionando el drama de unas minorías, que por supuesto hay que reducir al máximo, y pasando por caja para cobrar.
 
Para los medios generalistas el juego casi nunca es noticia. Salvo cuando una señora se gasta la cesta de la compra en el bingo o un pirado derrocha el sueldo semanal delante de una máquina. Y clamando venga o no a cuento las terribles consecuencias que para la sociedad entraña el juego.
 
Y en medio de éste paisaje tan tendencioso ni los grandes grupos, ni las asociaciones ni las voces autorizadas del sector abren la boca. Les puede el complejo de inferioridad que arrastran y que no han sabido sacudirse. No hay diseñados mecanismos de acción-reacción frente a semejantes ataques desaforados e injustos. Y mientras no se salga al paso o se haga frente a tanta manipulación, tanto escándalo, enseñando única y exclusivamente el lado negativo del juego, que hay que combatir, el sector seguirá como hasta hoy. En el túnel negro de la condena social.
 
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