Autor

DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Los ausentes

30 de junio de 2020

Reconozco que soy persona de hábitos. Mi universo cotidiano está dibujado por un puñado de lugares que me son familiares y que en algunos casos frecuento a diario. El bar donde desayuno, el kiosco en el que compro la prensa, el restaurante al que acudo con asiduidad, la gasolinera en la que repongo combustible y el horno del pan nuestro de cada día. Tampoco faltan en éstas citas la peluquería o la farmacia, ésta última visitada con más asiduidad de la debida por imposiciones de la edad.

En ésta sucesión de escenarios urbanos me veo atendido por propietarios y empleados que me conocen de antiguo y me dispensan un trato familiar y atento. Otorgo a ésa relación un alto valor porque no hay nada más gratificante que ser objeto de amabilidad por parte de aquéllos que te atienden y con los que, a través del roce, estableces lazos de afecto y confianza.

Tras los tres meses de confinamiento me he llevado sorpresas desagradables en forma de ausencias. Paco, el camarero solícito al que basta un gesto para que te capte el mensaje, esta en su casa por el ERTE. Lo mismo sucede con Amalia, la señora que es el sol de la tahona. Y otro tanto pasa con Fermín, un artista con la tijera. Y el kiosco que cerró o el restaurante de tantos años que no pudo resistir los estragos del Covid-19.

La pandemia arroja un trágico balance de pérdida de vidas humanas. Son miles las ausencias provocadas por la traidora enfermedad. A las que hay que añadir, por desgracia, ésas otras ausencias que serán temporales o quien sabe si definitivas de quién ya no está en el trabajo, del que clausuró su pequeño negocio, del que ha visto truncarse su existencia de manera súbita y cruel. Son muchos los ausentes que han sido arrancados de unos escenarios urbanos que ya no son lo mismo sin su presencia solícita y su alegría de vivir. Y a los que echo de menos.

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