Autor

DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

La vulgar España política

5 de marzo de 2024

Antaño se accedía al ejercicio de la política con un curriculum brillante. Y se hacía desde la empresa privada o pública, la cátedra, la entidad científica o sanitaria y otros círculos acreditados en los que sobresalían gentes con mucho talento. Que optaban por la política sabiendo de antemano que sus ingresos iban a descender notablemente pero lo daban por bien empleado por su vocación de servicio a la sociedad. Por descontado que para llegar al cargo de ministro era preciso exhibir un historial académico apoyado en méritos más que probados.

Esto sucedía en un ayer un tanto ya lejano. Una información difundida recientemente indica que el cincuenta por ciento de los parlamentarios españoles sólo se han dedicado a la cosa pública. No han desempeñado empleo alguno. Sólo han cobrado del papa estado. No saben nada del ganarás el pan con el sudor de tu frente en la empresa, en el taller o en la calle. Lo que los convierte en vividores de la política, en parásitos que chupan con fruición de la teta estatal porque sin ella no son nada ni laboral ni profesionalmente hablando.

No extraña por tanto que las biografías docentes o universitarias, cuando existen éstas últimas, de la mayoría de éstos individuos sea de un gris intenso, de un blanco sorprendente por la sencilla razón de que están vacíos de cualquier nota sobresaliente, de cualquier rasgo de notoriedad, de cualquier apunte de relevancia formativa. Son los historiales de unos tipos ramplones, tan menguados de talento como sobrados de altanería; con tantísimas carencias intelectuales como capacidad natural para mentir e insultar, para incidir en comportamientos groseros que envilecen la, en teoría, noble práctica de la política.

Con buena parte de semejante tropa ostentando la representación de la ciudadanía no es extraño que la escenificación de la política en España sea hoy un espectáculo bochornoso, grosero y no apto para personas bien instruidas. Que se sienten literalmente horrorizadas ante tan repetidas muestras de vulgaridad y necedad parlamentaria. Que indignan a millones de españolitos. A los que me sumo con entusiasmo.

Carfama
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