Autor

DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

La moderna esclavitud

14 de marzo de 2024

Entro en un restaurante que los cursis calificarían de alto copete. Me ponen al lado de una mesa ocupada por un matrimonio y sus tres hijos de entre siete y doce años. Sacan las bebidas y el quinteto, que no ha cruzado más palabra que para hablar con el camarero, se afana en el manejo de sus respectivos móviles. Reina el silencio absoluto entre ellos y atisbo alguna sonrisa o mirada de asombro por lo que contemplan en las pantallas. Sirven el primer plato y dos de los vástagos combinan la utilización del tenedor con el manejo diestro del teléfono. Toman paella y aquí se produce un ligero alto en el camino: los móviles son silenciados brevísimamente. El profesional que los atiende sugiriere la carta de postres y el orfeón familiar replica a coro que no, café para los progenitores y los chicos retoman con tanta presteza como entusiasmo el manejo del cacharrito. Los papás, sorbito de café va y viene, se suman al esclavizante ejercicio la mar de contentos. Permanecen un rato largo dale que te pego a la pantalla, al whatsapp, a la risita y los gestos de emoción y sorpresa y se levantan. El almuerzo duró una hora y tres cuartos aproximadamente. La conversación familiar apenas sobrepasó los siete minutos.

Esta escena no es privativa de espacios más o menos reservados. También se prodiga en la vía pública. Paso por una parada de bus y están a la espera del transporte diez personas. Siete de ellas, dos mayores y tres jóvenes, están literalmente absortos contemplando las pantallas, empleando los dedos con extraordinaria ligereza y no percatándose de que el bus abrió sus puertas. Las cabezas gachas no advirtieron la arribada y ellos estaban en asuntos de la máxima enjundia.

Son páginas de la vida cotidiana. Que reflejan hasta que extremo estamos haciendo trizas la armonía familiar, la conversación amistosa, el gusto por la palabra, la comunicación verbal que enriquece y acerca a las personas. Aquí mandan el móvil, la tablet, el ordenador, el lenguaje encriptado y todas ésas zarandajas. Es el tiempo que vivimos. Y les dejo que me suena el teléfono. Móvil, faltaría más. La esclavitud de nuestros días y horas.

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