Autor

DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Juego y algo más

28 de abril de 2017

El juego, en la medida que pueda y le dejen, debe abriese y compaginar su actividad específica con otras alternativas capaces de robustecer su economía. El ejemplo más determinante y aleccionador de ésta apertura hacia nuevos modelos de negocio lo tenemos en Las Vegas, meca universal del mundo del azar, que hace mucho tiempo que dejó de vivir exclusivamente del juego para cultivar otros canales proporcionadores de elevados ingresos: turismo de convenciones y congresos, vacacional, familiar o de puro esparcimiento. Y ésta diversificación de la oferta ha resultado fundamental para mantener y acrecentar la industria turística y del juego, que dispone para ello de los mejores hoteles que funcionan en el mundo, y para suavizar o hacer menos ostensibles las connotaciones negativas que socialmente recaen sobre el juego. Antaño Las Vegas era puro vicio sin más. Hoy Las Vegas presenta otros múltiples alicientes más allá del tapete verde y las máquinas tragamonedas. Si bien de los núcleos turísticos que visitan la ciudad tampoco faltarán los que se sientan atraídos o tentados por visitar los casinos. Que son pura fantasía y derroche de un estilo marcadamente hortera.

Esa percepción de que es acertado conjugar el juego con otras propuestas la ha tenido, a escala local y con buenos resultados, el Casino CIRSA Valencia, fomentando en sus instalaciones el auge de un mercado de congresos y convenciones que durante el pasado año arrojó un balance más que satisfactorio y planteó una cierta competencia a su vecino Palacio de Congresos, que es santo y seña de la capital en ésta materia.

El ejemplo del Casino CIRSA Valencia certifica que éstos establecimientos tienen vida mediante la explotación de segmentos de mercado afines o con puntos de conexión con la esfera del entretenimiento o de la mera relación social. Y que se perfila como una fórmula válida para ensanchar el abanico de la oferta.

Ésta es una vía de salida comercial para los casinos. Porque sus salones y dependencias son idóneas para tales fines. Y puede preguntarse: ¿qué sucede con los bingos?. Pues que están llamados a ser imaginativos y plantearles a las administraciones la posibilidad, en modo alguno descabellada, de promover de manera esporádica y con el soporte de la necesaria publicidad y promoción, actuaciones artísticas de variado signo u otros actos destinados a despertar al público de las salas de una somnolencia colectiva derivada de la falta de motivos para vender un ocio más divertido y alegre. Menos enquistado en una rutina que desemboca en puro aburrimiento. 

 
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