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DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Fiscalidad del bingo: un tratado de incoherencias

21 de junio de 2016

El Observatorio Estatal del Bingo, que forman las patronales del sector y los sindicatos, han vuelto a la carga para pedir a las administraciones la armonización fiscal. Quieren que se acaben con los agravios comparativos que en materia tributaria soporta el bingo. Y con los incomprensibles desequilibrios que afectan a la modalidad en sus versiones tradicionales o electrónicas. Y aplaudimos sus demandas, que responden a una insistencia pertinaz y justa pero que, demasiadas veces, tropiezan con el muro de piedra de unos departamentos de hacienda férreos en su negativa al reajuste. Y que se equivocan en su postura porque los hechos vienen demostrando que bajar la fiscalidad quita ingresos por vía recaudatoria y los aumenta por venta de cartones o de juego.

Todo éste despliegue reivindicativo por ser plausible y reclamar atención y apoyo debe calar en las administraciones. No puede en modo alguno ignorarse o tomarse a la ligera. Por la sencilla y esclarecedora razón que de su resolución satisfactoria depende la supervivencia de un sector. Y no se trata de dramatizar ni de recurrir al consabido recurso lacrimógeno. Aquí mandan los hechos que visualizan la caída en picado del bingo. Y no conviene engañarse con los ligeros repuntes económicos de la actividad. Los hechos indican que cada año funcionan menos salas, y Madrid y Barcelona, por citar las dos primeras ciudades españolas, son un ejemplo del descenso a los infiernos; que el público se resiste a ir al bingo porque los premios, motor de atracción, no ilusionan, y porque, y ésta es otra cuestión, tampoco se le brinden alicientes de peso. 

La armonización fiscal del bingo resulta tan imprescindible como ilógica es la situación actual. En la que una modalidad de juego responde a criterios tributarios diferentes según se llame electrónico, dinámico, plus y no se que más. Y mientras el tradicional, el de la señora del cortado de las cinco de la tarde, sigue aguantando la vela del palo fiscal. Esto tiene varios nombres: incoherencia, desbarajuste, desconexión de la realidad sectorial y ceguera administrativa. Todo un berenjenal que las haciendas públicas tenían que haber aclarado hace mucho tiempo. Y que de persistir en semejante error seguirá mandando bingos a la bajada de puertas. 
 
 
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