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DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Elogios fúnebres

4 de diciembre de 2020

Siempre se ha dicho que en España solemos enterrar muy bien. Que aquí los elogios que se regatean cuando una persona está viva se tornan en soflamas exaltadoras hasta el delirio en la hora del adiós definitivo. Y hasta en no pocas ocasiones las críticas furibundas que se vertieron contra un personaje mudan súbitamente en ditirambos encendidos al llegar el momento triste de su fallecimiento. Partimos de la base de que uno de los pecados capitales de los españoles es la envidia: no aceptamos la sonrisa del triunfador, aunque sea amigo; ni el éxito del que llega a la cima, a pesar de que nos unan a él lazos consanguíneos, ni mucho menos admitimos de buen grado la figura del que se ha hecho rico a base de talento y esfuerzo. Lo que hacemos mientras están entre nosotros es sonreírles en el cara a cara y ponerles literalmente a parir al darnos la espalda. Y desde luego sacamos el botafumeiro al enfilar el camino del camposanto.

Me permito éste racimo de disquisiciones a raíz de recibir una llamada de un empresario del bingo que formó parte de la directiva de CEJ cuando la presidió José Luis Iniesta. Expresaba mi comunicante su indignación en los siguientes términos: “Me he quedado absolutamente alucinado al leer algunas de las declaraciones efectuadas ante la noticia del fallecimiento de Iniesta, que fue un gran presidente conciliador y una bellísima persona amiga de sus amigos, al que le han dedicado unas palabras y elogios que eran todo lo contrario de lo que decían de él y su gestión en la época que llevó el mando de la patronal del sector. Tanto cinismo asquea.”

Es un ejemplo bien elocuente de lo que decía al principio del artículo: En España se entierra como en ningún otro sitio del mundo. Lo del pecado de la envidia da para otro capítulo.

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