Autor

DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Don Pedro

18 de junio de 2021

Una mirada escrutadora a la realidad que nos circunda indica que hemos perdido la capacidad de sorprendernos. Que hasta lo más extemporáneo nos parece natural. Que casi nada de lo que acontece por increíble, chocante o condenable que sea nos da que pensar o excita nuestra curiosidad. Lo que significa que hemos hecho de lo anormal, de lo insólito, algo que se acepta con escasas reservas mentales, sin que se alteren los ánimos ni experimentemos brotes de inquietud o preocupación. Es como si hubiéramos entrado en una especie de letargo generalizado, de anestesia social de la que todos o casi todos somos rehenes.

Una prueba más, entre otras muchas, que podrían avalar ésta introducción la tenemos en la propensión de los políticos a utilizar la mentira como moneda de uso corriente. Empezando por el presidente del gobierno que es maestro en la materia, que ha hecho de la mentira su gimnasia de cada mañana, que nos larga con frecuencia trolas de proporciones siderales, que sus embustes son sacados a relucir un día sí y otro también y que, a la hora de engañar, ni se inmuta ni tiene rival. Pues bien: un comportamiento de rasgos semejantes, que en cualquier país serio se habría saldado hace muchísimo tiempo con dimisión fulminante, encuentra en España una reacción absolutamente distinta. El personaje en cuestión es jaleado por muchísimos ciudadanos que aceptan con sumo agrado la ración de mentiras habituales y su consiguiente fanfarria propagandística. Y el resto se han acostumbrado y tampoco digamos que se inmutan en exceso por aquello de que los berrinches no conducen más que al infarto. Resumiendo: la mentira en política, al menos en España, no paga peaje, sale gratis y, además, es gratificada. Larga vida a don Pedro, el Mentiroso.

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