Autor

DESDE LA AVENIDA Juan Ferrer

Carlos Vázquez Loureda

16 de mayo de 2016

 Aunque retirado, al menos por ahora, mi amigo Carlos Vazquez Loureda es uno de los grandes del bingo a escala internacional. Un tipo con vista de lince, mente despierta y alerta y cintura flexible para esquivar golpes, pues más de uno y de dos le han intentado propinar. A Carlos el negocio del bingo en España se le quedó pequeño cuando el sector comenzó a enredarse por la puñalada de la fiscalidad desorbitada y el freno de mano puesto a cualquier intento de innovación. Fue la época en la que se barruntaba el desplome de muchas salas y la caída de público e ingresos por la tozuda rigidez administrativa y la parálisis de la oferta.

Carlos fue, junto a Carlos Castillo, Pepe Ballesteros, Emilio Rodríguez y un reducido número de empresarios de la primera hora, una pieza clave en la puesta en marcha del asociacionismo del bingo. Y a los que les costó trabajo y dinero sacado de sus bolsillos la aventura. Pelearon a fondo para conseguir mejoras y cosecharon algunos logros. 

Loureda dijo adiós a España y partió rumbo a Argentina. Y allí formó parte de la embajada española que llevó ésta modalidad de juego al país, entre quienes estaban Pepe Marqués, Pedro Corbalán, Jaime Molina y el empuje de los hermanos Joaquín y Jesús Franco.

Carlos levantó un imperio del bingo en poblaciones próximas a Buenos Aires capital federal. Conocía la modalidad del juego a fondo, pensaba en el público y sus preferencias, cuidaba al personal y sus detalles y creó unos establecimientos duales, bingo y salones de juegos, que eran locales modélicos donde los clientes , que los frecuentaban en aluvión, se sentían comodamente instalados en medio de una oferta de entretenimiento múltiple, que contaba con un aliciente para todas las preferencias y tenía el añadido de una gastronomía para descubrirse.

Loureda llevó al bingo y sus juegos complementarios a las más altas cotas de aceptación y rentabilidad en Argentina. Vivió las veinticuatro horas del día, y algunas de propina, por y para el negocio al que empujó hacia arriba con denuedo. Y se coronó como rey de la actividad en varias provincias de Buenos Aires. Tuvo, como todo tipo importante que se precie, sus enemigos declarados y algunos le caían muy cerca. Y un buen día se plantó en Puerto Madero Joaquín Franco y le hizo una oferta tentadora que no pudo rechazar. Tuve la suerte de ser el escribano de la operación. Hoy Loureda disfruta del descanso del guerrero. Si bien con tipos como él nunca se sabe.
 
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