Los mayores del centro Bonaparte, en el barrio bilbaíno de Santutxu, han vuelto a sentarse alrededor de las mesas de bingo después de siete meses sin poder celebrar sus partidas habituales. Gloria, Iluminada, Goyo, Lorenzo y otros usuarios han recuperado una actividad que consideran fundamental para mantener las relaciones sociales y combatir la soledad, pese a que la reforma de la Ley del Juego vasca que permitirá regular el bingo social todavía está pendiente de aprobación.
Las partidas se desarrollan con cartones de veinte céntimos y una dinámica que, según los participantes, constituye principalmente una forma de entretenimiento. «Estamos encantadas de volver a jugar», explican los usuarios, que defienden el carácter social de una actividad que reúne periódicamente a los mayores del centro.
El conflicto se remonta a finales de febrero, cuando agentes de la Ertzaintza acudieron al local y advirtieron de que no podían jugar con dinero. Según los afectados, una nueva celebración de las partidas podía acarrear sanciones de hasta 60.000 euros, después de que una casa de apuestas denunciara la actividad por un supuesto ánimo de lucro.
Una reforma legal pendiente
La polémica llegó al Parlamento Vasco en abril, cuando el Partido Popular presentó una propuesta para modificar la Ley del Juego y proporcionar seguridad jurídica a las entidades que organizan partidas de bingo con cantidades simbólicas. La iniciativa busca diferenciar estas actividades recreativas, desarrolladas en espacios sociales y sin explotación económica, de las organizadas con fines comerciales.
Mientras la modificación normativa continúa su recorrido, el caso de Santutxu vuelve a poner de manifiesto la inseguridad jurídica que rodea al bingo social. La reiteración de situaciones en las que centros de mayores se ven obligados a suspender sus partidas puede perjudicar tanto a los usuarios como a las salas de bingo, al mantener abierta la incertidumbre sobre los límites entre el entretenimiento social y el juego regulado.
Mucho más que veinte céntimos
En el centro Bonaparte, más de 200 jubilados participan habitualmente en las actividades de bingo, que se celebraban dos días a la semana. Las partidas, de aproximadamente hora y media, permiten pasar la tarde con un gasto reducido. «Con un euro nos tiramos toda la tarde», explica Gloria.
La futura regulación deberá aclarar estas condiciones para evitar que situaciones como la vivida en Santutxu se repitan y ofrecer seguridad jurídica a los centros que organizan estas actividades. Hasta entonces, el bingo social continúa atrapado entre la demanda de los mayores de recuperar sus partidas y la necesidad de establecer unas reglas claras que distingan el entretenimiento sin ánimo de lucro de la explotación comercial del juego.














