El anterior gobierno valenciano llamado del Botànic, integrado por socialistas y nacionalistas de extrema izquierda, no hizo nada para que el juego pudiera evolucionar aunque algo hizo sí. Trató de acogotar al máximo al sector, de asfixiarlo económicamente, de impedir el más tímido de los avances. Y al parecer en el seno socialista existe añoranza de aquélla etapa, caracterizada por la parálisis, y el partido, que va de mal en peor en todos los territorios sin que se ejerza la más mínima autocrítica, quiere ahora debatir la Ley del Juego para revertir las modificaciones introducidas en el texto por PP y Vox.
Los del Botánic, siguiendo las pautas fijadas por la izquierda radical, no pierden oportunidad de atacar al sector, de desacreditarlo, de utilizarlo como cortina de humo para tapar en su momento la ineficacia de una gestión política con grandes lagunas.
Lo que acontece, en tierras valencianas y en otros territorios donde manda el PP, es que ésa supuesta superioridad moral de la izquierda no encuentra una contundente respuesta. La derecha es en más ocasiones de las que sería de desear víctima de unos complejos que no termina de sacudirse y que le impiden saldar determinadas cuestiones con la energía y eficacia derivada de la fuerza que imprimen los votos. Los zurdos contraatacan en sus ofensivas con relatos muchas veces falaces o argumentos puramente sectarios y la réplica que reciben es una timorata demostración de su falta de punch dialéctico, de su encogimiento ante los golpes bajos, de no saber reaccionar con la rapidez y la agilidad política que demanda cada situación.
En el caso de la Ley del Juego valenciana no hay que morderse la lengua, no hay que andarse con titubeos ni vacilaciones. Debe prevalecer el criterio de lo establecido por PP y Vox y plantar cara a la pretensión de un PSOE que aquí, allá y acullá está de capa caída, en una marcha atrás imparable que anuncia un descarrilamiento estrepitoso cuando lleguen las generales. Del asunto de descarrilar Oscar Puente podría darnos un sinfín de lecciones y no pocas macabras. Lo dicho: subir el tono sin acojonamiento alguno.






