Como parte del traslado de ICE de Londres a Barcelona, Clarion Gaming, junto con Fira Barcelona, acordó un fondo de inversión anual para crear un legado que vaya más allá del importante impacto económico que supone la celebración en la ciudad de la mayor feria de tecnología del juego del mundo. El Instituto de Investigación ICE (IRI) concede subvenciones a instituciones científicas y académicas para financiar investigaciones sobre prevención y sostenibilidad, proporcionando una base científica sólida que sirva de base para la toma de decisiones. El investigador académico Dr. David Pere Martínez Oró, director de Episteme Social, ofrece una visión general de su estudio financiado por el IRI titulado «Representaciones sociales y estigma en torno al juego en la España contemporánea (2011-2024)».
¿Podrías empezar explicándonos un poco más sobre la investigación?.
Su tema central es comprender cómo se retrata, se debate y se clasifica el juego en la esfera pública, especialmente a través de los medios de comunicación, y cómo estas narrativas configuran el estigma, la percepción pública y las políticas. La investigación identifica cuatro representaciones dominantes —moral, económica, recreativa y biomédica— y analiza cómo influyen en las actitudes hacia el juego y hacia quienes participan en él.
¿Por qué es importante el estigma asociado al juego? ¿Cómo influye en los comportamientos?.
El estigma no es solo una cuestión de reputación; tiene consecuencias en el comportamiento. Cuando el juego se presenta como un fracaso moral, una amenaza social o una adicción inevitable, las personas que juegan son más propensas a sentir vergüenza, a ocultar su comportamiento y a evitar los servicios de apoyo. El estigma aumenta el aislamiento, el silencio y la culpa, condiciones que pueden agravar el juego problemático. Al mismo tiempo, el estigma reduce la legitimidad del juego como actividad de ocio y alimenta un debate público polarizado, cerrando la puerta a políticas basadas en la evidencia y a la prevención colaborativa.
¿Puede el estigma provocar un juego excesivo o perjudicial?.
Sí. Paradójicamente, el estigma puede intensificar los comportamientos nocivos. Cuando las personas temen ser juzgadas, tienden a jugar solas, en secreto y con menos redes de apoyo social. Esta privacidad refuerza la pérdida de control y retrasa la búsqueda de ayuda. Al considerar el juego como un comportamiento desviado en lugar de una actividad de ocio regulada, el estigma empuja a los jugadores vulnerables hacia los márgenes, donde los riesgos son mayores y los factores de protección más débiles.
¿Cuál es el tamaño de la muestra?.
El estudio analizó 726 artículos de prensa de periódicos nacionales y regionales de España, publicados entre 2011 y 2024, que abarcan el periodo marcado por la Ley 13/2011, la expansión digital de los juegos de azar privados y el cambio normativo en materia de publicidad.
¿Existen pruebas que indiquen que el estigma se asocia más a las mujeres que a los hombres?.
El discurso analizado no tiene un carácter principalmente de género: el estigma en la esfera pública española se dirige contra la práctica en sí misma y la figura simbólica de «el jugador», más que específicamente contra las mujeres o los hombres. Sin embargo, la narrativa moral subyacente —riesgo, irresponsabilidad, pérdida de control— sí afecta a las mujeres de manera diferente en términos culturales: a las jugadoras se las juzga más fácilmente como «malas madres» o «cuidadoras inadecuadas», mientras que a los hombres se les tilda de «imprudentes» o «débiles». Aunque los medios de comunicación no estigmatizan a las mujeres en mayor medida cuantitativamente, el coste social del estigma puede ser mayor para ellas, ya que choca con las expectativas de género tradicionales.
¿Se asocia el estigma más al juego online que al juego presencial debido a que se trata de una actividad privada o solitaria?.
Sí. Los resultados muestran que el estigma se asocia especialmente al juego online, y suele vincularse al secretismo, al riesgo que supone para los jóvenes y a la pérdida de control. El juego presencial, sobre todo en entornos sociales, es más visible, compartido y culturalmente normalizado. El juego online, al ser privado y solitario, se tilda más fácilmente de «adictivo», «oculto» o «perjudicial», lo que refuerza su estigma moral y biomédico.
En la investigación, ¿recopilas los datos para demostrar una hipótesis o empiezas desde cero?.
El proyecto no partió de una hipótesis cerrada. Se utilizó un enfoque cualitativo y exploratorio, que permitió que el significado surgiera de los datos en lugar de imponer conclusiones predeterminadas. La investigación se plantea las siguientes preguntas: ¿Cómo se representa el juego? ¿Quién lo define? ¿Qué efectos sociales tiene? Este diseño basado en la realidad refuerza la credibilidad de los resultados y evita sesgos ideológicos.
¿Qué importancia tiene haber contado con el respaldo del Instituto de Investigación ICE? ¿Habría podido llevar a cabo el proyecto sin ese apoyo?.
El apoyo del Instituto de Investigación ICE ha sido fundamental. Garantiza la independencia, la legitimidad, el acceso y el impacto. Aunque el proyecto podría haberse llevado a cabo en el ámbito académico a menor escala, el respaldo del ICE permite una difusión más amplia, unos recursos metodológicos más sólidos y una mayor participación del sector. Además, transmite un mensaje claro: el sector está dispuesto a abordar cuestiones difíciles e invertir en conocimiento, y no solo en reputación.
¿Cómo vas a utilizar los resultados?.
Los resultados servirán de base para formular recomendaciones políticas, normas sectoriales y estrategias de comunicación con el fin de pasar de un modelo limitado de «juego responsable» a un marco más eficaz de responsabilidad compartida —uno que distribuya las obligaciones entre los organismos reguladores, el sector, los medios de comunicación, las comunidades y los jugadores—, reduciendo así los daños sin generar estigmatización.
¿Si la sociedad aceptara mejor el juego, eso acabaría con el estigma?.
No por sí sola. Una sociedad más tolerante reduciría en parte la presión moral, pero el estigma persistiría si el discurso público siguiera moralizando el riesgo e individualizando el daño. El cambio cultural requiere una regulación coherente, educación pública y una cobertura mediática que no sea sensacionalista. Sin ello, la tolerancia se limita a desplazar la superficie del problema, mientras que el estigma sigue arraigado en los significados culturales y las prácticas institucionales.














