DESDE LA AVENIDA
Las bicicletas son para el verano
Juan Ferrer Alpera

Las bicicletas son para el verano es una obra teatral de Fernán Gómez que se estrenó hace treinta y cinco años. Y hay que hacer caso, coger al vuelo la sabia recomendación del cascarrabias Fernando y subirse al sillín de la bicicleta. Y poner rumbo a ninguna parte, a la aventura, a los caminos estrechos que bordean la sierra, a las sendas desde las que se adivina el olor del mar. Hay que enfilar la recta hacia lo imprevisto, lo sorprendente, lo poético, lo que rompe con la rutina de un año y nos pone delante de un universo desenfadado, bullicioso, que se echa a la espalda los problemas, trata de olvidar las preocupaciones y se afana, únicamente, por asomarse a una ventana atravesada por la luz de la alegría que nos rejuvenece un poco el alma.

La escapada del verano a lomos de la bicicleta es la huida feliz hacia la patria del sol y el agua; hacia las pinadas en las que se desgañitan los grillos; hacia el bocadillo bajo el emparrado de una casita perdida en mitad de la huerta en la que uno se siente satisfecho y en paz consigo mismo, disfrutando del silencio del aire, del rumor de los bancales, de una quietud apenas rota por el ladrido lejano de un perro o el vuelo rasante de la paloma. Son momentos mágicos para hacer examen de conciencia y reflexionar sobre que es lo que realmente merece la pena sentir y vivir.

El verano nos hace salir al reencuentro con la bicicleta que es una forma distinta de ejercer la libertad, la del individuo encadenado el resto del año a incontables servidumbres domésticas y profesionales, a un sinfín de obligaciones que cada vez se nos ponen más cuesta arriba y que ahora, cuando el calor oprime y caldea el ambiente, coge su bicicleta, tan elemental y manejable, y trata de desconectar al menos por unos días de tanta hipocresía dejada tras de sí, tanta sonrisa falsa y tanta deshumanización latente en una sociedad alimentada por la envidia y el revanchismo .

No hay que perder un instante, no hay que tardar un minuto en montarse sobre la bicicleta y emprender veloces la ruta hacia una naturaleza, maltratada por los humanos, pero que sigue siendo el destino ideal para dormir una siesta y prolongarla hasta el infinito con tal de no reencontrarnos con un panorama nada proclive a vivir sosegadamente y sin sobresaltos.

Lo dicho, suban a la bicicleta y pásenlo bien. Es barato y ensancha el alma. Hasta pronto.

 

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